“Pero no quiero ir, Mama,” se quejó Tulio. “¿No puedo ir a escuela?”
“Cállate. Fue tu compañera, y los Marquíces siempre eran amables a nosotros; ten respeto.”
“Voy a vomitar.”
“No en tu traje nuevo.” El coche paró enfrente de una iglesia pequeña. Tulio podía ver solo otro coche en el aparcamiento. Hoscamente, abrió la puerta y salió del coche. Sus zapatos era rígidos y estaban pellizcando sus pies.
“Ven,” pido su madre.
Tulio caminó detrás de su madre a la iglesia. Adentro eran solo unos bancos, y un altar con una cajita. Tulio no pudo respirar.
“Hola, y gracias por venir,” dijo una mujer en un vestido negro.
“Nuestros pésame.”
“Gracias. Sé que está con Dios ahora. Murió anoche, después de la coma…”
Tulio sintió un rubor vergüenza avanzar por su mejilla.
Avanzaron hacía el altar. Las palabras tristes lentas lavaron de Tulio mientras subió los escalones a la cajita. Entonces, se ahogaron por piensos cuando miró a su cara. Era… en paz, casi, con una risa en los labios. Sus manos eran apretadas en el estomago, y su pelo había sido destrenzado. Ahora, los pelos colgaron en ondas largas, como una melena de león.



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